..........“Todo es perfectible”, me decía siempre, y tachaba versos y versos escritos mil veces y mil veces vueltos a escribir. La obsesión por mejorarlo todo creo que lo llevó al andén. Pensando, soñando, elucubrando la mejor y más rápida forma de morir. Si es que existe una mejor muerte, sin duda él la inventó. Tenía todo dispuesto, incluso el festejo de su funeral –y digo festejo, pues él quiso que se celebrara-. Evidentemente todos estuvimos con un nudo en la garganta, pero el trago va alivianando esa congoja y haciéndola más llevadera. Terminamos bailando, entre una rara amalgama de lágrimas, risas, juegos y natural tristeza..
..........Más de una vez me advirtió lo que haría, pero nunca le creí. Pensaba que cuando se refería a lo perfectible del dolor, significaba que éste se encaminaba hacia el sosiego de la alegría, la paz del sufrimiento. Pero no. Era justamente lo contrario; la perfección del dolor consistía en hacerlo inaguantable, angustia insalvable, imposible de vivir.
..........Poeta de la noche que mejoraba siempre más. No contábamos con su astucia. Nos dejó cartas, varias cartas, en las que no explicaba nada, ni pedía nada, sólo ponía toda su obra, el fin de su trabajo, dos versos patéticos, sufrientes, pero no por eso alejados de la realidad:
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“El amor es un bebé sanguinolento
bebiendo de la teta más amarga.”
bebiendo de la teta más amarga.”
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