.......................Entonces cayó nuevamente la tristeza en mí. Esa tristeza que venía disfrazada, de hace veintiocho siglos. Esa misma que yo enterraba bajo un cerro de pastillas hace algún tiempo, no muy lejano. Tristeza infame de no saber porqué. Idiota angustia que no me deja caminar. Yo no quiero que esté aquí, no quiero tenerla, no quiero vivirla, quiero desterrarla para siempre, pero no se puede. Vuelve, vuelve, siempre vuelve la maldita, con su traje seductor a tomarme por el lado más débil. Vuelve, vuelve, siempre vuelve la maldita, y no me deja salir de los límites de mi piel. Se queda atascada, sellando todo escape, toda fuga de la lágrima, para que me inunde por dentro, para que me ahogue al fin, para matarme. Sí, es la misma tristeza, esa que alguna vez ató sogas en mi cuello, la que se emborrachó noches y noches conmigo, la que alejó por fin de mí a mi mujer, mis hijos, la sonrisa de mi cara, las ganas de vivir. Esta maldita meretriz que ha logrado congelar la fuerza que de mi sangre emana, esa fuerza que reconozco y sé invencible, no la puede matar porque no muere, no la puede alejar por que está en mi, por eso grita impotente, ensordece y luego astuta, lanza sobre ella sus hálitos de hielo paralizándola. No puedes conmigo, le grito, y baja la voz un tiempo, pero sólo eso, sólo un tiempo. No se marcha, no se va. Lo peor es que no sé dónde se esconde. Se oculta y vuelve a aparecer a su antojo. Son ciclos, me dice profesional y académicamente mi siquiatra, pero no me tranquiliza. Todo lo contrario, lo ciclos son eternos, y yo no quiero esa eternidad. Quiero que desaparezca, que se lleve los temores. Que el miedo que agarrota mis piernas sea arrastrado infame en un torrente de lágrimas sanadoras. De pronto explotar, hacer erupción, aluvión cerro abajo desde la razón al corazón, pasando por el estómago que se recoge, por el sexo humillado, por las piernas inmóviles, por los pies cansados, caer en el suelo y en el suelo pisotearla, escupirla, lacerarla, orinarla y defecarla, arrojarle a la cara todo el daño que me hace, cavar la fosa más profunda y alejada para inhumarla. Nada de flores para la maldita, nada de flores. Seré yo entonces quien esté en el cajón, sintiendo los hirientes alaridos de mi tristeza enorme, infame, maldita, idiota, cíclica, y sobre todo, eterna.